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Misioneras Oblatas
de Maria Inmaculada
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Veníamos “en nombre de Dios” y esas eran las únicas palabras que, en su nombre, podíamos pronunciar. Cuando
llegamos a Martil el trabajo previsto con las mujeres se hizo esperar. Francamente descorazonador cuando uno se da una vueltecita por Diza, el barrio en el que viven la mayoría de los habitantes
de esta población. A pesar de la suciedad de las calles, de la falta de agua corriente en los hogares, la gente es muy hospitalaria. Jadiya nos recibió en su casa y nos ofreció lo mejor que tenía: su confianza. Ella, como
otros lugareños, está convencida de que la solidaridad y el trabajo en común harán de Diza un lugar más habitable. Convocó a algunas de sus vecinas y comenzamos el taller de salud e higiene con
las mujeres. A pesar de que fueron pocos días, las mujeres venían con sus bebés, algunos de ni siquiera un mes, con muchas ganas de compartir sus problemas, sus dudas y también su deseo de ser
respetadas y de luchar por su propia dignidad. Saben que como dice el Corán “El Paraíso está bajo los pies de las mujeres” y que ellas tienen un papel primordial en el sustento de sus hogares
para hacer de ellos lugares donde Dios está presente y donde ellas y sus familias pueden vivir felices. Aprendimos mucho juntas sobre la paciencia, el amor generosamente entregado y disponible
para los suyos, el si Dios quiere (“in sha`a Allah”) y la esperanza en un mundo mejor para mañana. Y todo eso hablando del hombre, en quien Dios ha dejado una huella imborrable de su imagen y
semejanza. Al-Hamdulillah.
Cristina J. omi